Publicado en 25 septiembre 2009

La excelencia, el espejo y la ventana

El escritor Jim Collins, autor de “Good to great”, un bestseller dentro de los libros de gestión empresarial, sostiene que según su investigación, las empresas que lograron dar un salto de excelencia se caracterizaron por liderazgos de características especiales.

Estos líderes, entre otras características, lograban trasladar sus ambiciones desde su plano personal al de la empresa. En situaciones de éxito “miraban hacia la ventana” y responsabilizaban a otras personas, al destino, la suerte, Dios, etc… Sin embargo, en las situaciones adversas, “miraban al espejo”, marcando su clara responsabilidad por las cosas que no salieron bien.

Cuando leía estos conceptos realmente me sorprendía, ¡Qué excelente representación! El caso es que en realidad, nunca el éxito está exclusivamente en nosotros, pudimos hacer lo correcto, tomar las mejores decisiones, aportar buenas ideas, pero siempre requerimos de factores externos por sobre todas las cosas, debemos asumir con humildad que nuestro poder puede resultar muy limitado frente a las circunstancias externas. Sin embargo, nosotros por nuestra propia cuenta podemos fracasar más allá de tener absolutamente todo un contexto favorable. Podemos ser verdaderamente responsables de nuestro fracaso. Si bien es cierto que podemos fallar por causas externas a nosotros, no tenemos la capacidad para determinarlo con exactitud, y asumir la responsabilidad nos permite crecer a un nivel más allá del esperable ya que siempre existen posibilidades de superarnos.

No necesitamos ser gerentes para adoptar esta actitud, cualquiera puede adoptar esta forma de enfrentar sus éxitos y fracasos y así de a poco alcanzar la excelencia.

En tus éxitos, ¿cómo reaccionas?¿Miras el espejo o la ventana?¿y cuando las cosas no resultan?

La fórmula de Einstein

Albert Einstein tenía su propia fórmula de éxito:

Éxito= Trabajo + Diversión + Mantener la boca cerrada

No quedan dudas que no hay posibilidad de éxito sin una ética de trabajo consistente, esta es la parte que se podría decir obvia de esta fórmula. Sin embargo, la saturación de trabajo no lleva al éxito sino a la propia saturación e incapacidad de ir a más llegado cierto punto. Nuestras energías tienen un límite y sin despejar la mente mengua nuestra creatividad y nuestra capapacidad en la toma de decisiones, llega un momento en el que nos sentimos anulados. Por esta razón, el tiempo de reposo no puede suprimirse sino incluirse entre las obligaciones.

El tercero de los puntos resulta a mi entender el más interesante. Creo que muchos sentimos gran satisfacción cuando podemos expresarnos en toda nuestra plenitud y destacarnos al máximo. El inconveniente es que cuando pretendemos dominar en un diálogo tendemos a la repetición y es altamente probable y comprobable, que caeremos en contradicciones que nos llevan lejos de la buena imagen que pretendemos dar. Además, estamos demostrando muy poca consideración para con el o los otros interlocutores. Terminamos con cansar a nuestro entorno y a la larga las consecuencias pueden ser graves. Por otra parte, es probable que no logremos respaldar en los hechos todo lo que hablamos, por lo cuál estaremos hablando de más, criticando a otras personas, comparándonos, o anunciando cosas que no se cumpliran o no cumpliremos.

Como vemos, son muchas las razones que se nos presentan para darle el honor a la otra persona de hablar. No quiere decir que permanezcamos mudos, simplemente que no monopolicemos el diálogo y que no pasemos horas de conversación sin enterarnos de lo que está pasando la otra persona.

Cuando te reúnes con otras personas, ¿quién predomina en el diálogo? ¿Te interesas por las otras personas o buscas principalmente tu exhibición?

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