Etiquetas

, , ,

En días pasados, gracias al destino (o el nombre que deseen darle) y a las redes sociales, he tenido la posibilidad de volver a tener contacto con una persona que no veía hace unos 17 años, cuando ella tenía 14  y yo 16. Si bien es una franja de tiempo considerable y muchísima historia en el medio de cualquiera de los dos, luego de conversar un rato, noto elementos esenciales de la persona que había conocido en aquel entonces y que el tiempo y los hechos no alteraron.

Muchas veces nos dolemos de las cosas que nos pasan, nos quejamos porque nos tocó vivir tal o cual cosa, unos lograron esto, yo lo no logré, yo viví algunas cosas que otros no vivieron y quizá no les toque vivir. La vida tiene la capacidad de moldearnos con una experiencia muy amplia y poner a nuestra disposición un gran paquete de decisiones que es absolutamente único.

Tengo la sensación de que este auge de las redes sociales, minimiza la existencia de las personas a un perfil, un paquete de fotos, unas cosas que le gustan, unas cosas que dice. Sin embargo, nos estamos perdiendo de un montón de detalles. Nuestras vidas son mucho más amplias que la música que nos gusta, nuestra opinión política, nuestras creencias religiosas, etc… Aún así, nuestra mente tiende a la eficiencia y por eso minimizamos la existencia a detalles.

Podemos cometer el error de creer que nuestra vida tiene mil cosas, de las buenas y de las malas, fortuna o tormento y pensar que la de los demás parece pequeña en relación a la nuestra. Esa simplificación no nos deja ver la esencia de la persona y no nos permite comprenderla como un ser que a lo largo de su historia, ha experimentado alegrías tal como lo hemos hecho nosotros, también algunos sufrimientos, emoción, enojos y demás, aunque no por las mismas razones y experiencias que nosotros.

Somos rápidos para juzgar y a veces más rápidos de lo que desearíamos. Incluso quienes somos enemigos del juicio y queremos llegar a la esencia de las razones del otro nos vemos frecuentemente sorprendidos por comentarios traicioneros de nuestra mente como “no me gusta”, “en esto le erró”, ” es que tiene que hacer (tal o cual cosa)”, “yo en su lugar haría esto” (y muchas veces lo dije sin ponerme en el lugar). En muchos casos, tenemos las mejores intenciones, queremos darle el mejor consejo a los demás y ser luz en sus vidas, pero no deja de ser un consejo desde nuestro punto de vista.

Creo que dejarse sorprender y recibir al otro con lo que tenga que aportar, puede ser una muy linda experiencia, y despertar una intensa sensación de gratitud en dos personas, cada una con su realidad, pero que comparten un momento en su historia.